La restricción al libre albedrío:

Cuando Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (Gén. 1:26-27), lo hizo perfecto, y en esta “perfección” estuvo involucrado el libre albedrío - el poder de elegir. Y, los buenos estudiantes de la Biblia reconocen el libre albedrío del ser humano en toda la historia bíblica y lo ven aplicado en cada decisión del diario vivir.  Es muy evidente que siempre hacemos diversas elecciones, desde amistades a puestos de trabajo, desde la ropa que usaremos hasta los vehículos que conduciremos, etc.  En fin, el libre albedrío es la habilidad que tiene cada individuo para tomar sus propias decisiones.

El libre albedrío no es una habilidad solamente religiosa, es más bien la cualidad de la naturaleza humana que nos identifica y distingue, y que nos hace apreciar y anhelar la libertad de acción en todas las facetas de la vida. Y, lamentablemente, el libre albedrío es un menospreciado regalo de Dios en la individualidad de cada persona.

Los socialistas detestan la noción de “individualismo”, ya que pone de relieve la fuerza de lo  individual sobre lo colectivo.  Bajo el socialismo y el comunismo, la libertad personal es sacrificada por el “bien mayor” del gobierno y la sociedad, o como dijo “Spock” (aquel personaje de la franquicia de ficción Star Trek, inicialmente interpretado por Leonard Nimoy) “las necesidades de la mayoría superan las necesidades de unos pocos”.

 

 

El desaliento:   

El modelo divino de lo que es una economía sana está diseñado sobre la base del “libre albedrío innato” del hombre.  

Según las Escrituras, cada hombre es personalmente responsable de su propio sustento y el de su familia (1 Tim. 5:8).  Esta solemne responsabilidad proporciona un fuerte incentivo para trabajar y procurar el éxito en toda labor. Entonces, si se quiere comer se debe trabajar (2 Tes. 3:10).  Dicha resolución está sustentada desde el principio.  Dios dijo al hombre Adán “…con dolor comerás de ella todos los días de tu vida… Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado… (Gen. 3:17, 19) y nótese que antes del pecado, Adán ya era responsable de trabajar: Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase (Gen. 2:15). Así, pues, “El alma del perezoso desea, y nada alcanza” (Prov. 13:4) en cambio el hombre diligente será recompensado (Prov. 12:24; Ef. 4:28).

El socialismo es contrario al plan de Dios, porque en el socialismo el hombre perezoso es premiado al igual que el hombre diligente, cada uno recibe el sustento de la colectividad. Entonces, en el socialismo no hay mayor ventaja o esperanza de trabajar más duro, porque no hay verdadera justicia monetaria, la “recompensa” será la misma tanto para el diligente como para el flojo.

Hace un tiempo atrás, se publicaba la absoluta inutilidad de los trabajadores de las tierras soviéticas, y como un gran número de ellos se ahogó en Vodka cada noche para apagar su desesperación. Los programas del Gobierno ruso emprendieron la tarea de evitar el consumo de tanto alcohol. No obstante, es así, el socialismo incentiva la apatía por el trabajo, promueve un espíritu mediocre y una sociedad desesperada.  Irónicamente, el socialismo procura un paraíso en la tierra, pero ya establecido el supuesto “paraíso”, se condena a la sociedad a un deterioro colectivo.

Las políticas redistributivas del socialismo aplastan los espíritus de los ciudadanos, como lo hace toda regla del socialismo. El espíritu empresarial se extingue por la excesiva regulación y los impuestos. El dinero es “confiscado” a los productores con el fin de satisfacer las necesidades y deseos de consumidores extranjeros o de los ciudadanos que viven premiados bajo la sombra del Estado.  A menudo, tales políticas contribuyen a la lucha de clases, cristalizando una división social entre responsables e irresponsables, entre productores de utilidades y consumidores de beneficios. Así, los productores se resienten de que los frutos de sus largas horas de trabajo y esfuerzo les son quitados para beneficiar a los ciudadanos que ningún esfuerzo están realizando en la labor. A su vez, los que toman los beneficios sociales viven molestos porque los productores y fabricantes poseen una riqueza que ellos no pueden tener.  Una receta para el desastre social.

Si los sencillos principios bíblicos en cuanto a los impuestos fueran seguidos, la lucha de clases se reduce considerablemente. Claro, siempre habrá gente envidiosa y codiciosa, pero no habría marco legal para alentar tales actitudes pecaminosas.

Bajo el modelo bíblico, los impuestos se deben pagar para proporcionar a las autoridades civiles la capacidad de castigar al que hace lo malo y proteger al que hace el bien (Rom. 13:3-7; 1 Ped. 2:14). Bajo el modelo divino, los contribuyentes pagan para que éste marco divinamente autorizado pueda ser aplicado por el Gobierno. El sistema de justicia, la fuerza policial, la fuerza militar, los servicios de emergencia, son sólo algunas cosas que contribuyen al orden y la paz social, y es lógico que todos los ciudadanos beneficiados deban pagar cierto impuesto para garantizar las funciones gubernamentales ordenadas por Dios (Rom. 13:6-7). Entonces, cuando todos los ciudadanos tienen interés en el buen uso de su dinero, la lucha de clases queda minimizada frente a las posibilidades de progresar de acuerdo al esfuerzo y capacidad personal.

 

 

La ignorancia del mérito en el trabajo:  

Diferentes personas tienen diferentes éticas de trabajo. La experiencia nos dice que algunas personas trabajan más duro, otras personas trabajan más inteligentemente, y otras personas trabajan por más tiempo. En cierta ocasión, el apóstol Pablo y sus compañeros estuvieron trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno… (1 Tes. 2:9).  

La Biblia describe a algunos como “perezosos” y “ociosos”.  “Perezoso, ¿hasta cuándo has de dormir? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño?” (Prov. 6:9). “Como la puerta gira sobre sus quicios, así el perezoso se vuelve en su cama” (Prov. 26:14). “El deseo del perezoso le mata, porque sus manos no quieren trabajar” (Prov. 21:25).

En condiciones que le parezcan demasiado difíciles el flojo no trabajará: “El perezoso no ara a causa del invierno; pedirá, pues, en la siega, y no hallará” (Prov. 20:4). El hombre flojo se excusa para no cumplir con sus responsabilidades, incluso exagerando e imaginando obstáculos ridículos, “Dice el perezoso: El león está fuera; seré muerto en la calle” (Prov. 22:13; 26:13). Una persona así, jamás será digna de confianza, “Como el vinagre a los dientes, y como el humo a los ojos, así es el perezoso a los que lo envían” (Prov. 10:26), y no será digno de confianza porque ni aun asará lo que ha cazado (Prov. 12:27).  Por estos motivos El alma del perezoso desea, y nada alcanza (Prov. 13:4). Los cretenses del primer siglo tenían la reputación de ser glotones ociosos (Tito 1:12).

En su parábola de los talentos (Mat. 25:14-30), el Señor Jesús describió a un inversionista que proporcionó diversas cantidades de dinero (talentos) a tres diferentes hombres en función de sus capacidades. Así, pues, el primer siervo recibió cinco talentos, el segundo recibió dos, y el tercero recibió un solo talento.  Los dos primeros hombres incrementaron las ganancias del dinero recibido, Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor (Mat. 25:18).  A su regreso, el inversionista elogió a los dos inteligentes siervos, pero condenó al tercero por su pereza. El siervo perezoso, por su inutilidad, perdió la oportunidad que el dinero le había significado y fue echado en las tinieblas de afuera” en “el lloro y el crujir de dientes” (25:30). Ciertamente, en un modelo socialista, el inversionista hubiera entregado a cada hombre la misma responsabilidad y cada cual hubiera tenido que proveer una ganancia común, pero bajo el modelo de Cristo cada persona obtiene beneficio de acuerdo a su propio nivel de trabajo, capacidad y compromiso.

 

 

El premio a la irresponsabilidad:

         Cuanto más alejado el hombre esté  de una cosmovisión bíblica tradicional, menos responsable será y más dependiente de otros se volverá. En lugar de trabajar con sus propias manos (1 Tes. 4:11) comiendo su propia comida (2 Tes. 3:12) para ser independiente (1 Tes. 4:12), éstas personas se vuelven dependientes e irresponsables, y comienzan a buscar en otros su sustento. Así es como, muchas personas moralmente responsables y capaces, hacen responsables de su vida a sus padres, las iglesias, las organizaciones benéficas y al Gobierno. Lo cual debilita a la sociedad, dando lugar a un desmoronamiento económico.

         Sin embargo, el apóstol Pablo, dijo por el Espíritu, que cualquier hombre que se niega a trabajar no debe comer (2 Tes. 3:10). Por favor, tenga en cuenta que estamos hablando aquí de individuos capaces. Las personas pueden debilitarse, ya sea física como mentalmente, y por lo tanto requerirán de la ayuda de otros para mantenerse. Así también, las personas pueden ser víctimas de una mala economía o de políticas gubernamentales perjudiciales, tales como un excesivo impuesto o confiscación de bienes y servicios al punto de destruir la oportunidad social y la libertad empresarial.  Es justo y bueno el ayudar a los discapacitados, a los enfermos, a los ancianos abandonados y a los huérfanos. Pero, el objetivo de estudio apunta a quienes poseen la capacidad y la oportunidad, pero evaden su responsabilidad por la simple flojera.

         Ahora bien, la noción de “compartir” ciertamente suena bien, y la Biblia nos enseña a compartir con los que padecen necesidad (Ef. 4:28). Pero, la Biblia no demanda el compartir bajo presión o por la fuerza, el colectivismo no se enseña en la Biblia.

         El verdadero amor no es de “palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Jn. 3:18). Por lo tanto, el verdadero amor se demuestra en los hechos generosos para con el prójimo necesitado (Luc. 10:30-37), y tal amor no puede ser impuesto sobre la población. Así, pues, el “compartir” del colectivismo no es el amor verdadero, ni la acción de buenos samaritanos, aun cuando el proceso se inicie con las mejores intenciones. El colectivismo rápidamente degenera en totalitarismo, donde alguien (algún líder carismático) pronto saldrá a tomar las decisiones de la colectividad.  Esto, por lo general, termina con el desorden social y la muerte de personas inocentes.

 

Autor

Imagen de Josué I. Hernández

Yo soy simplemente un cristiano, un discípulo de Jesucristo, y miembro del cuerpo del Señor, la iglesia, tal como se describe en el Nuevo Testamento (Mat. 16:18).

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