• Víctor Arancibia, médico trotamundos con espíritu social
    Víctor Arancibia, médico trotamundos con espíritu social
Sin opulencias ni grandes discursos en materia sanitaria, pero con una tremenda preocupación social, el calmo y, a veces, tímido doctor decidió asumir el desafío de la Secretaría Regional Ministerial de Salud.

Pocas personas pensarían que tras este sabio médico se refugia un verdadero trotamundos de la medicina, el mismo hombre de 62 años que enfrentó tres accidentes que marcaron su vida, que detectó el primer caso de VIH en Rapa Nui, que luchó junto a los leprosos de esta isla y que formó parte del primer comité que desde Iquique envió estudiantes a Cuba.

Este médico con especialización en Reumatología, a medida que va entrando en confianza deja entrever una gracia sarcástica, pero entretenida, que se detiene cuando el tema está relacionado con los pacientes, los mismos que debió dejar en el servicio público para incorporarse a la entidad de gobierno, pero por quienes busca ser un aporte desde su nueva labor.

El "conchito"

Arancibia es oriundo de Santiago y el menor de los seis hijos que nacieron del matrimonio entre una serenense y un sureño. Su vida transcurrió en el punto neurálgico de la metrópoli, Santiago centro.

El pequeño Víctor nació cuando su madre tenía 44 años y, por ende, no lo esperaban, pero claramente recibió el amor y regaloneo de todo “conchito”. De hecho, la diferencia con el hermano que lo antecede es de siete años.

Los recuerdos de infancia transitan en la vida de un solitario, pero inquieto pequeño, más preocupado de hacer experimentos en el baño de su casa que de salir a jugar con amigos en la calle, afición que duró hasta que explotó su pequeño laboratorio y por ahí quedaron los deseos de experimentar.

Alrededor de los seis años vivió el primero de los accidentes que marcaron su vida, del que recuerda con mucha claridad haber quedado bajo las ruedas de un triciclo que transportaba un barril de aceite a un negocio cercano, y donde quedó con uno de los pies lesionados, aunque jocosamente cuenta cómo el conductor del transporte quería llevarlo al hospital tras el incidente.

Si bien Víctor estuvo en varios colegios, la formación que más le marcó fue la católica que recibió en el Colegio Salesianos y luego en la Academia de Humanidades de los padres sacramentinos, educación que pagaban su hermano mayor y su padre, y de la que recuerda con menos afecto el tener que comulgar e ir a misa, pero de la que destaca la calidad de la educación recibida, así como la formación integral.

Atisbos de la visión social

Ya en la enseñanza media intentó ingresar al emblemático Instituto Nacional, pero no lo logró, pues los “pitutos” no fueron los suficientes para conseguir el objetivo. Pero sí fue el impulso preciso para llegar a otro emblemático, y contrincante acérrimo del instituto, el Liceo de Aplicación, formador de presidentes y destacadas personalidades.

De allí provienen los mejores recuerdos de la etapa escolar. “Obviamente, esa época es en la que uno hace amigos y queda marcado para su vida, aunque también ocurrió la experiencia más dramática, que fue para el fin de año, cuando uno está para las celebraciones de despedida, tuvimos un accidente automovilístico grave”.

El doctor Arancibia recuerda que iba en un vehículo junto a tres compañeros rumbo al lugar donde se desarrollaría el festejo para dar por finalizado el proceso de humanidades (hoy enseñanza media).

El accidente significó a lo menos tres meses de recuperación y del que algunas secuelas hoy todavía le pasan la cuenta de vez en cuando, “tuve un traumatismo facial muy potente que todavía me jode, quedó esa parte muerta acá (pómulo izquierdo), incluso hubo incrustación de cristales (ya que usaba lentes), lo que derivó en una cirugía porque había que sacarlos, estaban por todos lados, fue muy traumático, pero nos salvamos, íbamos cuatro en la citroneta de un compañero”.

En ese periodo conoció a gente con la que fue afín en lo político, en la amistad, en el carrete, ya que es ahí donde comienza el adolescente Víctor a enterarse de cómo era realmente la sociedad, también el incipiente compromiso con posturas políticas, aunque como simpatizante, en el entendido que en ese período se vivía una gran efervescencia política y social.

En la casa de Víctor Arancibia se hablaba de política, sobre todo por parte de su padre, ya que esa línea sanguínea había participado del mundo político en la época de Gabriel González Videla, ellos habían sufrido los rigores de esa etapa. También hubo parentela que lo vivió en Iquique. “Tenemos familiares que fueron afectados por esas situaciones, que se dieron mucho antes que yo naciera. Familiares, amistades, entonces uno se va rodeando de un núcleo afín a esas conductas o a esos pensamientos”.

En las escuelas de medicina

En 1971, el doctor Arancibia ingresó a estudiar medicina a la Universidad de Chile. Cuando llega el golpe militar abruptamente finaliza el proceso universitario. Tuvieron que salir y enfrentar esa situación de forma muy adversa.

El joven estudiante, que en esos años ya era militante de las Juventudes Comunistas, debió comenzar a trabajar, estar escondido y moverse con sigilo, pues era un tiempo de represión.

De este período al doctor Arancibia no le gusta mucho hablar. Si bien no salió de Chile, debió moverse para buscar lugares seguros. Pero el 11 de septiembre recuerda que “estábamos cercanos a la universidad, no podíamos ingresar, había un gran conflicto en todo Santiago. Recuerdo, aunque no me gusta mucho hacerlo, que hubo que alejarse de allí, pero después nos indicaron que debíamos volver a la universidad, bueno, ahí nos tomaron detenidos y nos llevaron a distintos lugares”.

Llega 1977 y las cosas mejoran un poco, Víctor vuelve a postular a la universidad y lo hace en la Católica. De ambas entidades destaca las labores sociales a las que se unió. Había mucho trabajo de voluntariado, se trabajaba con las comunidades, por ejemplo, en la UC a los estudiantes de medicina les correspondía ir a la Población La Pincoya. “Hacíamos servicios comunitarios como otros estudiantes de educación hacían actividades de educación y trabajo con niños, los alfabetizaban”.

En esa casa de estudios se formó un grupo muy afiatado, que no fallaba en ese compromiso social. De hecho esto duró hasta tercer o cuarto año de medicina, ya que después se hacía más complejo porque los estudios requerían dedicación absoluta. Y aún recuerda que ya en el internado de medicina les rebajaron las módicas cuotas que cancelaban, ya que el Estado pagaba la educación.

En ese proceso aprovechó para interiorizarse de lo que era la anestesia, por lo que recibía unos pocos recursos. Además era el momento de elegir especialidad y escogió ser médico general de zona. Si bien fue de algunas pololas, era más bien retraído. Por esos años es que conoce a su esposa, Gabriela Gutiérrez, quien es profesora y a quien conoció haciendo labor social, pero quien además ha sido su compañera de ruta en la larga travesía, pero quien hoy lo controla para que no sea tan trabajólico.

Comienza la aventura

A los 30 años, Víctor comienza a tomar decisiones y a perfilar su futuro. Con un poco más de un año de relación con Gabriela, deciden casarse. Y de ahí comienza la aventura, estamos hablando de los años 82-83, que inicia en Calbuco donde decide irse ya como medico general de zona. Primero fueron a conocer el lugar, quedaron maravillados con los parajes donde alcanzaron a estar un año y medio.

Lo que recuerda con más cariño es la labor realizada, ya que desde el hospital de Calbuco debía trasladarse a un sínnúmero de islas, que representó una buena experiencia. Allí se trasladaban en lanchas que facilitaban los carabineros. “Íbamos a hacer las postas rurales todo el día, con gran esfuerzo, había que caminar extensas zonas de barro, incluso a veces no llegábamos porque era muy distante el llegar a donde estaba la posta rural, una vez en la isla”. Lo más penoso para el doctor Arancibia era pensar que ahí moría gente sin que nadie llegase a atenderla.

En ese proceso había llegado Fernando, su único hijo, quien comenzó a tener complicaciones de salud. Pero también comenzaron los problemas de orden político con el director del Servicio de Salud, quien le advirtió que era un espécimen peligroso y que tenía que cuidarse, y no era sólo una fijación con él, sino que había otros casos que estaban en el foco de la autoridad.

Allí volvieron a trasladarse. Ahora el destino fue Santiago (año 86). Como ya conocía el hospital Sótero del Río, retomó la anestesiología. Se trabaja sin restricciones de ningún tipo, si bien él mantenía una actitud temerosa tras lo vivido en Calbuco, tenía claro que no había hecho nada condenable. Estando en la capital se creó un puesto en Isla de Pascua que requería tener alguien con experiencia en anestesia, así que eso fue el trampolín para irse como médico general a Rapa Nui a comienzos de los 90.

Esta fue una experiencia de grandes recuerdos. Cuenta que la comunidad era muy abierta y que se hicieron grandes logros. Con el trabajo voluntario en la cabeza y el espíritu del grupo de médicos y profesionales, el doctor Arancibia, que en ese tiempo fue director del hospital, detalla, muy orgulloso, que se le ocurrió la idea de que como el hospital estaba tan deteriorado y que los ratones se lo estaban comiendo, pintar el establecimiento completo y esto lo hicieron en dos días, algo que celebraron con un buen asado.

También recuerda que a su llegada había personas con lepra, algunos casos que venían de Tahití, a quienes los mantenían encerrados y aislados, y es así donde comienza parte de su labor para hacerlos parte de la sociedad. Ellos en un momento llegaron a ser parte de su familia, eran más que amigos, compartían incluso fines de semana juntos.

Por esos años también detectó el primer caso de VIH en la isla, que diagnosticó aunque en ese tiempo era difícil hacerlo, enfrentando de paso una situación incómoda, ya que en una isla todos se conocen.

De vuelta al continente

Luego de tres años, vuelve a Valparaíso y en ese proceso postula a un Magíster en Salud Ocupacional que además cursa con Medicina Interna (año 93), que se hacía en Santiago en la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Chile. Entonces iba y volvía pues continuaba viviendo en Valparaíso. Tras esta formación vuelve al Servicio de Salud de Valparaíso donde trabaja en Salud Ocupacional y Medio Ambiente, pero también en Medicina.

Por esta época comienza a interiorizarse de los temas medioambientales, pero también de salud ocupacional, y una vez cumplido el compromiso con este sector, porque el Estado solicita retribución en trabajo para este tipo de formación, postula a un trabajo en Iquique. El trotamundos emprende viaje nuevamente.
Allí postuló a un cargo de medicina en el Servicio de Salud de Iquique y el trabajo de salud pública lo desarrolló en la Mutual de Seguridad (año 95), por bastante tiempo.

De lo que se arrepiente

Ahora con los años piensa que quizás esto de estar cambiando de un lugar para otro no fue lo mejor por su hijo, ya que eso afecta puesto que las personas se tienen que afianzar en un lugar. De hecho, en Iquique Fernando sufrió de bullying. “Me arrepiento de no haber pensado en que esa adaptación es tan importante, aunque fue algo implícito y que hoy tiene que ver con su forma de ser y personalidad”. 

El norte del país ha sido el lugar donde permaneció por más tiempo, fueron a lo menos 12 años. Y es en ese proceso que llega a la Reumatología, no había este tipo de especialista y el hospital le pagó la formación para ser reumatólogo. Hoy, de hecho es miembro de la Sociedad de Reumatología.

Recuerda que en Iquique fue una labor dura, alejada de la política. Si bien es militante del Partido Comunista, tras el regreso a la democracia pasa a ser una persona anónima, no era activo de la política. Pero algo que fue significativo para Arancibia fue el ser partícipe del Comité de solidaridad con Cuba. Él había ido a hacer una estadía de capacitación allá, pagada por su propio bolsillo, en el ámbito de la inmunología y la reumatología, y fue ahí donde conoció cómo era el sistema de salud cubano, del que tiene la mejor impresión.

El objetivo era que los alumnos de escasos ingresos fueran como primera opción a estudiar medicina a Cuba en la Escuela Latinoamericana de las Ciencias de la Salud y esto permitió que muchos médicos se formaran, varios de los cuales hoy trabajan en el servicio público, lo que enorgullece a Arancibia.

De ahí volvió a Santiago, pero no fue la mejor experiencia, pues tuvo otro grave accidente, un choque violento, venía justamente de un turno en el hospital Luis Tisné, donde desempeñaba labores. Aunque ya había decidido venirse a La Serena no pudo hacerlo. El accidente le impidió el traslado, pues tenía fractura de cadera y en el tórax, por lo que volvió a Iquique, “cojito, igual trabajaba” porque igual pudo hacerlo pese a que había sido entrevistado en La Serena, pero así no podía asumir.

Después se dio la opción de llegar a La Serena y lo hace en el servicio de Medicina del recinto hospitalario serenense y la Urgencia, pero con los años se traslada a la Unidad de Pacientes Críticos del hospital de Coquimbo, donde estuvo hasta las últimas semanas. El vínculo con la política fue de la mano con el convenio con Cuba.

Hoy, desde la Seremía de Salud enfrenta el desafío de las reformas que se ha planteado la Presidenta Michelle Bachelet, como la formación de más especialistas, servicios de atención primaria con más áreas de desarrollo y una ley de medicamentos, además de mejor infraestructura. 

 

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